Voy mejorando. La alegría llega despacito con el orden que espero hace tanto. Un poquito de estabilidad. Saber cómo diagramar mejor. ¡Qué placer ir a trabajar! Mi vida va tomando forma, vuelven los colores. Sin embargo, el miedo creció a una forma tan gigantesca que me está paralizando las acciones. Volví al gimnasio, feliz de entrenar. Siento la vida fluir. Pero no pude saltar. Un ejercicio, me dejó bloqueada. Vi al miedo abrazarme. Me ayudaron, salté con apoyo y fue un resultado impecable. Ahora me queda aprender a saltar sola. Animarme a encontrar la confianza que quedó encajonada con el montón de escombros que me formaron. Ojalá alguien se pusiera en mis zapatos. La casa, la nena, la perra, la gata, la comida, la ropa, los platos, las cuentas y todo, sola. Saltá sola, bruja, que terminas volando altísimo y sin escoba.
Un día la vida agarró y me dijo: Nati, sabés qué? Tomá. Después de llorar y morir, de tocar el fondo del fondo del abismo, de surcar en esos mares tortuosos de tu azabache inconsciente. Después de romperte en tantas astillas posibles, después de dolerlo todo, después de ser un reutilizado juguete, después de entregarte a mi confiando en nada... tu premio, pendeja. Y miro el todo, la nada, el amor, la personificación, la valentía, la apuesta, la alegría, la plenitud, el futuro... y el pánico. Qué mierda hace acá el pánico cuando estoy recibiendo mi premio? La duda, la incertidumbre, la pregunta con su respuesta, la experiencia, los engaños, el pasado tan pisoteado, qué hace estorbando? No te quiero, no te acepto, te quiero lejos. Nati confió en el dolor, en toda la tierra que masticó. Abracé la soledad y ahora mierda que la extraño! Tengo todo, mi fortuna impensada, mis palabras tan feroces y acertadas, me amaba, me ama. No me equivoqué. Todo lo que hice, lo hice tan mal y tan bien...
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