Si hubo un año que padecí, fue el año que perdí todo el sostén de mi sistema infantil.
Perdí la masa de mis galletitas, perdí el matecocido con melbas, perdí el té más rico, perdí los viajes a Ezeiza, perdí las canciones de la misa, perdí los mates en el garage, perdí la radio en la mañana, perdí las carreras de los domingos, perdí los ravioles de los domingos, perdí los bonobones suaves de postre, perdí las milanesas al volver del cole, perdí las notas del piano, perdí las cartas del culo sucio, perdí el cajón secreto, perdí las botas de la tía, perdí la lista de los mandados, perdí el torpedo de limón, perdí el vale otro de cada helado, perdí la sortija de la calesita, perdí las hojas de la vereda, perdí la paleta de colores de las latas de pintura, perdí las llamadas telefónicas, perdí el amor de mis abuelos, perdí el significado de familia. Perdí la curita con la que tapé el surco que dejó la inundación, el quiebre de siete años de construcción, y sumé dolor. Me animé a romper el linaje y perdí mi identidad por primera vez, desde ese entonces estoy buscando quién mierda soy.
Creía que de a poco subía... hoy veo, que el crater cada día es más grande.
Será que habrá que llegar al núcleo para que esta supernova expanda y deje lo mejor de sus materiales dispersos en el cosmos.
Será, que quizás nunca vea materializado el producto de mis esfuerzos.
Será... Que quizás yo no merezca pertenecer al grupo de los que luchan por los sueños.
Quizás en otra vida ya fui, por eso en esta no soy.
Quizá, en esta vida sólo me toca ser espectador.
Natalia
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