Llega un punto en que la montaña rusa de la vida te da una vuelta brusca, te sacude las cervicales y te revuelve las tripas. En ese lapso se apaga tu sistema operativo. Todo está negro y silencioso. Las ganas de vomitarlo todo suben y bajan, mientras intentas descifrar en dónde mierda estás. Todo se sigue moviendo, pero vos no. Tu cuerpo no. Tu mente... Si. Viajás, te vas, te vas, sentís que finalmente te morís. Suben esas ganas de lanzar. Suben, suben, suben, no las podés frenar. Despertás. La presión baja, baja, baja, te vas. No vomitas. Miras alrededor, te reís entre lágrimas. Ya pasó lo peor. Ahora queda volver a aprender a caminar. Desconfías de tus pasos, de la gente que te observa. No sabes si se ríen de vos, con vos, te quieren ayudar o les generás rechazo. No sabes. Pero te querés ir. Avanzas despacio, sentís que realmente podés caerte y querés correr. El cuerpo te frena, no, no podemos correr. Estamos cansados. Tomas un poco de azúcar con limón. Miras la botella y te sonreís; qué paradoja que lo dulce y lo agrio estabilicen tu sistema. Maldita contradicción de la vida que se sostiene en esa falta de equilibrio. Ojalá fuéramos científicos. Ojalá supiéramos la cantidad exacta de dulzura, la medida perfecta de amargor y mezclar con agua sin batir el gas, para que no estalle todo lo que contenemos en este envase hecho piel y huesos.
Hace rato no me sentaba a ver a la gente pasar. Quizás, necesitaba el extremo para volver a mi paz. No sé dónde está mi paz.
Sigo buscando en el vaso de medidas que mamá usaba para las tortas, en dónde está la cantidad exacta de amor. Siempre nos decían que todo sale mejor si le pones amor...
Creo que me excedí, o no fue suficiente. No sé qué pasó.
Perdió el sabor.
Natalia
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por tu opinión