Un día me fuí de las redes.
Puse a prueba mis capacidades, conecté con mi escencia, entendí de dónde provenían mis inseguridades y dije basta.
Antes de hacerlo tenía una premisa "si no existís en Instagram, dejás de existir"
Juro que en parte se siente así. De pronto absolutamente nadie te habla ni reacciona, nadie sabe de tu vida. Dejé de desnudarme y entendí que vivir expuesta sólo aumentaba mi ego, pero bajaba mi humanidad.
Instagram para mí se volvió una especie de Tinder o PornHub a la carta. Cualquier persona puede encontrarte por una sugerencia, hablarte un tiempo escueto, generarte un interés y descartarte, porque total, hay mucha gente más. (Incluso yo lo hice y eso me generó más ruido).
La imagen y la distorsión con sus filtros borró la realidad de la escencia.
La libertad se volvió libertinaje y las modas nos volvieron comunes, moneda corriente y devaluada como el peso argentino.
Tengo esta tendencia a ir en contra de la corriente, será este nodo en acuario que a veces siento tan intensamente y mi único puente de aire, que me dice si, Nati, es por acá... Desconozco. Pero creo certero, que esta soy yo. Así, alejándome del mundo normal. Me molesta el mundo normal. Me genera rechazo la palabra normal, normalidad, estructura, rigidez. Yo no soy de esa especie. Y así es cómo colapso cuando intento encajar en esos modismos, en esas normas, que jamás fueron para mí.
Este espacio es diferente, yo lo siento diferente. Para mí es una especie de diario al que poca gente accede y eso me da tranquilidad. A veces sueño que aparecen comentarios desconocidos de algún seguidor anónimo y maravillado con mis ideas, con mis "vómitos verbales". Pero eso, es más de mi ego. Y acá, no quiero darle ese lugar.
En fin, lo que quería dejar plasmado, es que así como me borré de Instagram, llegué a Telegram. Una red por la que alguna vez paseé y de la cual me llevé un susto porque era peor, era directamente un Happn, gente hablándome de la nada queriendo un pedazo de mi existencia. Pero está vez, fui más astuta, cambié. Cambié mi perfil, mi privacidad y no dejo que cualquiera entre en mi círculo. Me volví selectiva, súper selectiva y encontré canales de información sin necesidad de interacción.
Hoy recibo información como el diario de cada mañana, dónde lees y no escribís nada. Dónde lo que opines es tuyo y eso, ESO es lo que hace falta. Dejar de opinar en voz alta. Sobre todo, sin analizar de dónde vienen estos pensamientos.
La capacidad crítica de la gente carente de empatía me da escozor. El Instagram, en ese aspecto, debería cancelar los comentarios.
Nos volvimos opinologos y sabiondos del todo, cuando ni siquiera sabemos qué carajo hacer de nuestras vidas, pero rogamos que por favor, nos alcancen unos mangos para tapar con birra y faso, esa realidad de la que NO QUEREMOS HACERNOS CARGO.
Somos un mar de espermatozoides curiosos, hormonales y activos, que sólo quieren placer a corto plazo y no encauzamos un futuro comprometido.
Y esa es la palabra de terror, pánico y rechazo del humano promedio de hoy, el eterno adolescente, que teme perder su libertad por asumir un COMPROMISO.
Sería genial que cada persona desglose los significados de las palabras y se animen a cuestionar si todo lo que creen absoluto y real, es así, o en realidad no seguimos esperando que alguien más, por arte de magia nos resuelva la vida.
Si no te comprometes con vos mismo a ser tu mejor versión, olvidate de crear un vínculo sano con el universo.
Somos ignorantes naturales y la única forma de descubrir el universo, es a través de la experiencia.
Por más miedo que se tenga, si uno desea y se atreve, alcanza lo que sea.
Yo me animé a salirme de la red más popular del mundo, me animé a desaparecer. Y me comprometo a encontrarme con mi versión auténtica, sin filtros, con miedo, pero real. Sin fotos, sin videos. Sin exposición. Abierta al asombro de mis capacidades infinitas de creación. Como lo son estas ideas, que a veces me ametrallan y otras, me maravillan.
Natalia
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