- Hola Nati, ¿Cómo estás?
- ¿Ahora, en este momento?
- Si, ¿Cómo te sentís?
- Estoy sentada en una silla, diría mi versión rebelde y niña de los 13-15 años.
Pero hoy es una pregunta que me lleva a un mundo misterioso, en el cual nunca se cuándo
digo la verdad. Suelo decir que peco de honestidad brutal, pero a veces, ante la ausencia de
poder expresar mis emociones enmudezco, porque es una pregunta profunda (aunque a
muchos les de igual).
¿Cómo estoy? ¿Cómo me siento?
En este preciso momento, en este presente…
Estoy pensando en el pasado, nostálgico y muy amargo, triste e inapetente. Me siento sola y
enferma mentalmente, batallando el sinsentido de estancarme por un otro que
inconscientemente llena de desprecio mi ser valioso.
Esa soy yo ahora, un intento de supervivencia, porque todavía hay alguien que en esta vida
me necesita sana, o porque es mi mejor excusa para decir que a pesar de todo quiero
animarme a hacerme mierda denuevo las tripas contra un corazón de concreto revestido en
hormigón (si, así de caprichoso y doloroso se siente cuando se siente como siento yo).
A veces quiero ahogarme en la cerveza, intoxicarme los pulmones con humo y llegar a un
punto cúlmine. Pero no puedo quiero, tengo conciencia, responsabilidades y mucho miedo
de volverme una persona inútil en el futuro, un peso para mi hija, un estorbo en el mundo.
Sobrellevar la vida como lo hacen los adultos no se me da bien, ellos suelen tapar todo con
alcohol y risas extremadamente caras, con pilcha impagable y ceniceros rebalsados. Yo no
quiero mi decadencia y mi muerte aletargada, quiero estar lúcida, hasta en mi último segundo
abrazando a la parca.
- Pero, Nati ¿Qué es vivir? ¿Qué es la vida?
- Eso depende de cada perspectiva, es muy personal, y es muy difícil que coincidan.
Preguntame qué es la muerte y ahí te digo: muerte es no sentir. ¿Sabés que gusto tiene la
muerte? Si te interesa te lo digo sin pelos en la lengua, sin vueltas, sin caretas: sabe a nada.
Es igual a un helado que compraste entusiasmada porque era de color celeste, raro, diferente,
parecido a un ser de acuario, ponele, pero era igual que lamer un pedazo de mármol, tenía
mas sabor el hielo del freezer y te gastaste fortuna en un poco de cielo de mentira.
La muerte sabe a tiempo perdido, a odio, a bronca, furia.
Es un tornado de fuego que arrasa tu interior y te deja inexpresivo, emocionalmente vegetativo.
Yo la abracé muchas veces, bajé con ella a bailar con mis demonios más crueles y sin
embargo, la hice mi amiga.
Reza en un rincón de mi pared “La muerte te espera”, y yo pienso cada vez que me acuesto
(como contestaba a mis 13-15 años de espontánea e inocente adolescencia); “Que me
espere sentada” porque a mi me gusta (y quiero) pensar, soñar, sentir, vivir, llorar, sufrir y
renacer en la misma vida.
Natalia.
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