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Karma (taller de escritura)

¡No está! ¿Dónde lo dejó? ¿Se lo habrá llevado? No, no lo creo. Tengo que encontrarlo rápido, en cualquier momento vuelve y mi suerte habrá caducado.
Escucho un ruido en la habitación contigua, me quedo inmóvil, con los ojos como platos, petrificada en miedo. Me muevo despacio, dejo los papeles en su lugar. Reviso que el celular esté en silencio.
Alguien toca el picaporte y me acelero. Corro abajo de la cama, pienso, pienso, pienso... acá abajo no es seguro, se ve de cualquier ángulo. ¿Las cortinas, mejor? si, son pesadas, puede funcionar. Voy a la ventana, me cubro todo el cuerpo.
La persona no entró aún y mis pulsaciones están por reventar mi corazón.
No, no es buena idea la cortina, si abren la ventana no tengo salida. Alzo la vista, veo un armario antiguo, quizás podría viajar a Narnia y salvar mi vida, pero con que haya espacio suficiente y sin cajones, me conformo. Me deslizo lo más silenciosa y rápidamente posible, sostengo las puertas con mucho cuidado, realmente es un armario muy antiguo, si las viejas bisagras rechinan, el sonido no tardaría en alertar que hay alguien en este lugar. Con una mano presiono la puerta y con la otra tiro, ayudando de alguna forma con los gestos de mi cara mordiéndome la lengua. A simple vista no hay complicaciones en el interior. De pronto se mueve el picaporte y salto sin pensarlo adentro de mi escondite perfecto, tener una baja estatura algún día debería tener sus beneficios. Las puertas están vencidas por los años, no cierran del todo y gracias a la luz que queda entre ambas puedo ver la habitación.
Escucho unos pasos pesados, sostengo la respiración, el olor a naftalina se vuelve insoportable.
Entra un hombre alto, de aspecto elegante, mayor, y muy preocupado. Debe ser el dueño de casa. Tiene un papel en la mano, se acerca a la ventana, corre las cortinas y agradezco estar en el armario. Pone el  papel sobre el vidrio, parece un mapa, no consigo mas detalles desde adentro e intento inclinarme, entonces me sostengo de algo que parece ser un abrigo de pieles colgando a mi lado. Casi abro la puerta por accidente y me recuerdo esa trillada frase: "la curiosidad mató al gato". Doy gracias a ese viejo saco y escucho unos tacos que se apresuran a entrar junto al hombre.
- Dardo, te dije que está al revés. - La mujer le saca el pergamino de las manos al hombre y se mueven hacia el escritorio que se ubica frente a mi, ahora tengo una mejor perspectiva, aunque quizás no el mejor perfil de ellos.
Ella me resulta muy familiar, es la bibliotecaria del pueblo. Me pregunto qué estará haciendo en este lugar, pero sabiendo de su inteligencia, seguro busque lo mismo que yo.
Soy una estudiante de intercambio y me contrataron para rescatar un antiguo reloj que tiene el poder de alterar los recuerdos de las personas. Según el contratante, la paga sería una locura, y serviría para saldar algunas deudas del momento. ¿Por qué yo? No lo se, pero practicidad y organización son mi estilo de vida, supongo que algo de eso debe tener relevancia en casos como este.
- Emilia, ya no puedo seguir con esto. Estoy muy cansado, los años se me pasan y cada día me pesan más. - El hombre parece realmente angustiado, algo en él me genera tranquilidad.
- Dardo, tome asiento y déjeme a mi que por algo estudié - La mujer levanta el papel, si, definitivamente es un mapa. Pero no un mapa ordinario, es dorado, y algo en él llama de sobremanera mi atención, y la de Emilia.
- Mirá Dardo, esto es. Este símbolo es la clave. - Veo una especie de tridente, un símbolo que me persigue en sueños desde que tengo memoria. Algo no anda bien, me siento mareada.
- Emilia, estoy perdiendo mis recuerdos, necesito que la encuentre.
- Señor, ella está acá ¿no la siente? - Emilia sonrie maliciosamente y comienza caminar con pasos decididos hacia el armario. Siento que el oxígeno se termina y me transpiran las manos, descuelgo el tapado asqueroso y me lo echo encima cerrando los ojos, como si me cubriera con la capa invisible de Harry Potter. Escucho el rechinar de una puerta y abro los ojos, no veo nada, el tapado me cubre, pero con una mano toco algo del fondo del armario, es metálico, frío y... ¡es el maldito reloj!. Lo sostengo con fuerzas mientras veo como las pieles comienzan a dejar de cubrirme, apunto con miedo hacia la bibliotecaria y unas palabras en griego comienzan a escapar de mi boca "den eísai poios eísai, den xéreis poios eísai" (no eres quien eres, no sabes quién eres).
La mujer cae desmemorizada al suelo y el hombre acude a ella.
Es mi momento de huir, salgo corriendo. Pero un grito perturbador me detiene en seco:
- ¡Psique! ¡Hija! ¡He vuelto! - Dardo, mejor dicho, Dárdano, es mi padre.
Entonces me atormenta una intensa lluvia de granizo colmada de recuerdos. El símbolo soy yo, el reloj es mío, y desde la antigua Grecia hasta el Siglo XXI, el karma continua su rumbo.

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