- Bueno, vamos a Carrefour, comemos en Mc y vas al laburo.
- Dale amor, hacemos así.
- Che, qué garrón lo de Lu. ¿No necesita ayuda?
- No, no. Tiene miedo porque se le mojó la PC, pero dice que ya está seco, era poca agua.
- ¡Qué gordos somos comiendo! ¡Ja, ja!
- ¡Ahh! Pará que compro pochoclos para ver la peli con los chicos.
- ¿Tomamos un auto juntos? Te dejo en lo de Nacho.
- Naa... voy caminando. No pasa nada.
- Dale, vamos, te puede agarrar la lluvia.
- Bueno, dale.
Llegué al destino.
Bajé del remís.
Ahí estaban todos.
Yo tenía mi regalo y los pochoclos.
El día prometía para la ocasión.
Empezaba a llover, nada raro.
Siempre que llovió, paró.
Pero ese día... no.
Eramos pocos, olíamos a nerds ansiosos por El Señor de los Anillos en su versión extendida, para reivindicar un poco la mala experiencia vivida en el Imax.
Conectamos los cables, mi notebook, todo.
En un éxtasis de maravilla nos pusimos cómodos.
El agua de a poco filtraba por los focos.
Más que pochoclos, teníamos baldes para los chorros.
- Chicos... ¡Miren!
Tincho me había mandado una foto: era la intersección de las avenidas 7 y 32 de nuestra ciudad.
Algo andaba mal.
Terminó el primer DVD, hicimos una pausa para revivir.
- No quiere parar de llover, ¿Verdad?
- Estoy tratando de poner el noticiero a ver qué dicen
¡BOOM! y dos siluetas escurriendo litros de agua de sus ropas.
Son Matías y Celia, ella con su gata en brazos. Lloran. Están empapados.
- No pude parar el agua, entraba por todos lados.
Me quedo helada un momento, reculando.
Ellos viven a metros de casa,
yo tengo dos cachorros de gatos.
- ¡Me tengo que ir!
- Nosotros vamos para mi casa, si querés hasta 520 te acompañamos.
- Bueno... ¡gracias!
Salimos.
Avanzamos por el camino más largo.
Ya desde la vereda el agua llegaba a mis tobillos.
- Por acá no. Por allá. Vamos.
Empezamos a caminar, derecho, buscando cómo llegar a calle 7.
Subimos.
Caminamos hasta 520.
Llegamos.
Era un mar, un caos.
Los camiones avanzaban creando olas a su paso.
- ¿Seguís sola?
- ¿Les jode si me acompañan hasta 524?
- Bueno, es sólo un tramo.
Nada mejoraba. Y yo quería salvar mis gatos.
- Listo chicos, vayan.
- No, el agua está subiendo, te acompañamos.
Ya estaba oscuro, hasta acá zafamos.
Nos metimos por 523. Avanzamos muy despacio.
Fueron los minutos de mi vida mas largos.
Nunca cinco cuadras a mi casa habían durado tanto.
Íbamos los tres agarrados.
Nos pesaban la ropa y los zapatos.
El agua a la cintura,
en la cara la lluvia,
empapados.
El primer indicio de que todo era peor, fue ver a una pareja con sus perros a upa saliendo muy despacio.
Cruzábamos las calles, como ríos, con extremo cuidado.
- ¡Fijate de no ir tan a la esquina! Si hay un bocacalle... cagamos.
No se por qué cuadra vamos, creo que era la 8 hasta 524.
Pegados a las paredes, pisando bolsas, con el agua en la cintura, rezando.
Perdía esperanza por los gatos.
Estamos en la calle 9.
- Hasta acá llegamos
- Yo voy a seguir
- No podés, mirá la corriente.
Definitivamente, parecían los rápidos.
Cruzamos los tres enlazados,
yo ya no hacía pie.
Fuí nadando.
Pasamos un auto.
Me acerqué con pánico.
Aparentemente alguien se había salvado.
En la esquina de mi casa había una estación de servicio abandonada, el olor a kerosene, como el agua esa noche, te ahogaba.
Mili y yo tosíamos demasiado.
Calle 10 y 524, ya casi estamos.
- Mi casa tiene un desnivel en ascenso, seguro están a salvo.
El agua crece a nuestro paso.
Por un segundo la lluvia había parado.
Abrimos la puerta, todo inundado.
El agua a los tobillos, nada muy exagerado.
Con nosotros entró mas agua.
Beren, uno de los gatos, estaba en la mesa.
Ninu, desesperada, llorando.
Todo flotaba.
- Corto la luz
- ¡Tené cuidado!
Veía la diferencia de agua desde adentro hacia afuera del patio.
La puerta ventana hizo su trabajo.
- Agarrate algo de ropa y vamos.
Entré a la pieza.
Caí en la cuenta.
Me quedé quieta,
lloré un rato.
La cama flotaba,
ya no era mi cuarto.
Me sequé sin secarme.
Agarré ropa seca y a los gatos.
Salimos de nuevo,
no podíamos quedarnos.
En la escalerita que dividía los departamentos, esperamos.
Se largaba de nuevo.
Conocí al vecino, de paso.
- No podía cerrar la puerta
- Ya está, la hubieras dejado.
- Ahí está parando
- Yo me quedo acá
- No. ¡Vamos!
Mochilas, agua... y los gatos.
Añadir más liquido a la piel, más frío al cuerpo y tener cuidado.
Bajamos como Rose al rescate de Jack Dawson.
Para la calle 11 el agua iba mermando.
Seguimos cuesta arriba, en calle 12 sólo barro.
Me puse a mirar Venecia,
ya no era Tolosa,
mi lindo barrio,
inundado.
Nos miramos la manos,
todos los dedos arrugados.
No había luz,
pero si agua caliente para un baño.
Tomé un matecocido con leche,
¡Qué extraño!
Una delicia nueva
y unas risas para ahogar el llanto.
Lo que vino después,
peor que lo narrado.
Con la luz volvió el desastre,
ahora todos estábamos al tanto:
noticias tristes, muertes, desamparo.
Mi casa ahogada,
mi amor hecho barro,
el agua se llevó mis ganas
y entonces me dejó a cambio,
un trauma cuando llueve,
después de ya, seis años.
Natalia.
- Dale amor, hacemos así.
- Che, qué garrón lo de Lu. ¿No necesita ayuda?
- No, no. Tiene miedo porque se le mojó la PC, pero dice que ya está seco, era poca agua.
- ¡Qué gordos somos comiendo! ¡Ja, ja!
- ¡Ahh! Pará que compro pochoclos para ver la peli con los chicos.
- ¿Tomamos un auto juntos? Te dejo en lo de Nacho.
- Naa... voy caminando. No pasa nada.
- Dale, vamos, te puede agarrar la lluvia.
- Bueno, dale.
Llegué al destino.
Bajé del remís.
Ahí estaban todos.
Yo tenía mi regalo y los pochoclos.
El día prometía para la ocasión.
Empezaba a llover, nada raro.
Siempre que llovió, paró.
Pero ese día... no.
Eramos pocos, olíamos a nerds ansiosos por El Señor de los Anillos en su versión extendida, para reivindicar un poco la mala experiencia vivida en el Imax.
Conectamos los cables, mi notebook, todo.
En un éxtasis de maravilla nos pusimos cómodos.
El agua de a poco filtraba por los focos.
Más que pochoclos, teníamos baldes para los chorros.
- Chicos... ¡Miren!
Tincho me había mandado una foto: era la intersección de las avenidas 7 y 32 de nuestra ciudad.
Algo andaba mal.
Terminó el primer DVD, hicimos una pausa para revivir.
- No quiere parar de llover, ¿Verdad?
- Estoy tratando de poner el noticiero a ver qué dicen
¡BOOM! y dos siluetas escurriendo litros de agua de sus ropas.
Son Matías y Celia, ella con su gata en brazos. Lloran. Están empapados.
- No pude parar el agua, entraba por todos lados.
Me quedo helada un momento, reculando.
Ellos viven a metros de casa,
yo tengo dos cachorros de gatos.
- ¡Me tengo que ir!
- Nosotros vamos para mi casa, si querés hasta 520 te acompañamos.
- Bueno... ¡gracias!
Salimos.
Avanzamos por el camino más largo.
Ya desde la vereda el agua llegaba a mis tobillos.
- Por acá no. Por allá. Vamos.
Empezamos a caminar, derecho, buscando cómo llegar a calle 7.
Subimos.
Caminamos hasta 520.
Llegamos.
Era un mar, un caos.
Los camiones avanzaban creando olas a su paso.
- ¿Seguís sola?
- ¿Les jode si me acompañan hasta 524?
- Bueno, es sólo un tramo.
Nada mejoraba. Y yo quería salvar mis gatos.
- Listo chicos, vayan.
- No, el agua está subiendo, te acompañamos.
Ya estaba oscuro, hasta acá zafamos.
Nos metimos por 523. Avanzamos muy despacio.
Fueron los minutos de mi vida mas largos.
Nunca cinco cuadras a mi casa habían durado tanto.
Íbamos los tres agarrados.
Nos pesaban la ropa y los zapatos.
El agua a la cintura,
en la cara la lluvia,
empapados.
El primer indicio de que todo era peor, fue ver a una pareja con sus perros a upa saliendo muy despacio.
Cruzábamos las calles, como ríos, con extremo cuidado.
- ¡Fijate de no ir tan a la esquina! Si hay un bocacalle... cagamos.
No se por qué cuadra vamos, creo que era la 8 hasta 524.
Pegados a las paredes, pisando bolsas, con el agua en la cintura, rezando.
Perdía esperanza por los gatos.
Estamos en la calle 9.
- Hasta acá llegamos
- Yo voy a seguir
- No podés, mirá la corriente.
Definitivamente, parecían los rápidos.
Cruzamos los tres enlazados,
yo ya no hacía pie.
Fuí nadando.
Pasamos un auto.
Me acerqué con pánico.
Aparentemente alguien se había salvado.
En la esquina de mi casa había una estación de servicio abandonada, el olor a kerosene, como el agua esa noche, te ahogaba.
Mili y yo tosíamos demasiado.
Calle 10 y 524, ya casi estamos.
- Mi casa tiene un desnivel en ascenso, seguro están a salvo.
El agua crece a nuestro paso.
Por un segundo la lluvia había parado.
Abrimos la puerta, todo inundado.
El agua a los tobillos, nada muy exagerado.
Con nosotros entró mas agua.
Beren, uno de los gatos, estaba en la mesa.
Ninu, desesperada, llorando.
Todo flotaba.
- Corto la luz
- ¡Tené cuidado!
Veía la diferencia de agua desde adentro hacia afuera del patio.
La puerta ventana hizo su trabajo.
- Agarrate algo de ropa y vamos.
Entré a la pieza.
Caí en la cuenta.
Me quedé quieta,
lloré un rato.
La cama flotaba,
ya no era mi cuarto.
Me sequé sin secarme.
Agarré ropa seca y a los gatos.
Salimos de nuevo,
no podíamos quedarnos.
En la escalerita que dividía los departamentos, esperamos.
Se largaba de nuevo.
Conocí al vecino, de paso.
- No podía cerrar la puerta
- Ya está, la hubieras dejado.
- Ahí está parando
- Yo me quedo acá
- No. ¡Vamos!
Mochilas, agua... y los gatos.
Añadir más liquido a la piel, más frío al cuerpo y tener cuidado.
Bajamos como Rose al rescate de Jack Dawson.
Para la calle 11 el agua iba mermando.
Seguimos cuesta arriba, en calle 12 sólo barro.
Me puse a mirar Venecia,
ya no era Tolosa,
mi lindo barrio,
inundado.
Nos miramos la manos,
todos los dedos arrugados.
No había luz,
pero si agua caliente para un baño.
Tomé un matecocido con leche,
¡Qué extraño!
Una delicia nueva
y unas risas para ahogar el llanto.
Lo que vino después,
peor que lo narrado.
Con la luz volvió el desastre,
ahora todos estábamos al tanto:
noticias tristes, muertes, desamparo.
Mi casa ahogada,
mi amor hecho barro,
el agua se llevó mis ganas
y entonces me dejó a cambio,
un trauma cuando llueve,
después de ya, seis años.
Natalia.
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por tu opinión